Published On: vie, Abr 19th, 2019

García en la historia…


Escribe: Jorge Abasolo

Con su martirologio, el ex presidente peruano ha pasado a la historia.

¿De qué manera?

Para los apristas será el mártir que no alcanzó a ser enjuiciado porque sus implacables enemigos desataron una persecución inmisericorde. Sus epígonos pronto alzarán la voz y forjarán iniciativas tendientes a que se inauguren calles que lleven su nombre, y –tal vez- hasta una estatua lo perpetúe de manera vitalicia.
Siendo candidato a la presidencia, Alan García señaló en más de una ocasión que llegaría al Palacio de Pizarro para restituirle al Perú su calidad de nación de fuste, destinada a marcar surco y camino. Enfatizó que enmendaría el rumbo de su país hasta vigorizar el Estado de Derecho, con una justicia real e instituciones transparentes.

¿Lo habrá logrado? Y si lo logró, ¿para qué suicidarse? ¿Acaso no fue capaz de generar una institucionalidad sólida o al menos creíble? El disparo que terminó con su vida, terminó también con la posibilidad de hacer justicia…

No es el momento de hacer encuestas, pero…¿quién cree que García era inocente y ajeno a toda práctica corruptiva?

Más del 65 por ciento de los políticos peruanos están siendo requeridos por la justicia.

¿Era Alan García la excepción? Todo indica que no.

Los tentáculos de Obredecht llegaron a García y sus cercanos. Negarse a esa realidad es intentar obliterar el sol con un dedo.

Es el momento de repasar un poco la historia. ¿Cómo llegó Alan García al poder? Como una opción real…o como un mal menor?

Su primer gobierno fue un fiasco…un fracaso estrepitoso. Y como más convencen cifras que argumentos, vamos viendo:

-La inflación alcanzó un 7 mil por ciento en el último catastrófico año de su primer gobierno (1990)

-En los cinco años de su primera gestión, la inflación sumaba… ¡2 millones por ciento! En otras palabras, si el año 1985 usted tenía cien intis (la moneda que inventó el gobierno de García) debajo del colchón, en 1990 le quedaban dos. Es decir, la economía había retrocedido al nivel de 1960.

Hay más cifras escalofriantes, pero digamos que no en vano la comunidad internacional declaró por esos años al Perú como “inelegible”, lo que en el mundo financiero internacional equivale a ser enviado a un lazareto…o ser declarado locutor inválido.

Con un gobierno desastroso, ¿por qué entonces el mentado García volvió a ser elegido dieciséis años más tarde?

Para esto debemos fisgonear un poco en la zigzagueante historia del Perú.

Recordemos que en el año 2006 se presentó como el salvador de la patria, slogan nada original y muy empleado por los populistas en boga.

En primera vuelta alcanzó el 25% de los votos, lo que no alcanzaba para colocarlo en la presidencia. En consecuencia, para una segunda vuelta fructuosa y triunfante, necesitaba de los votos de la derecha, la que había otorgado una cuarta parte de los sufragios a la candidata socialcristiana para vencer.

Y aquí asoma la razón del triunfo de Alan García. En esa elección el tercer candidato era un aparecido señor que practicaba el nacionalismo/populista. Con un discurso incendiario se fue labrando camino hasta hacerse conocido. ¿Su nombre? Ollanta Humala.

Alcanzó una cifra inesperada de votos al alzarse con nada menos que el 48 por ciento de los sufragios. En otras palabras, Ollanta Humala estuvo a un tris de ganar las elecciones.

Y ahí la derecha se asustó.

En consecuencia, para la segunda vuelta Alan García pasó a contar con los votos de la derecha enmudecida…y hasta con la bendición del capital nacional e internacional.

Este capítulo, más folclórico que político, resume muy bien la paradoja del populismo peruano. Por un lado, las chambonadas causadas por la catarata de gobiernos populistas que ha padecido el Perú, han llevado a los insatisfechos y resentidos a echarse en brazos de nuevos y más extremistas populismos.

Por el otro flanco, algunos de los populistas de ayer han aprendido –o fingen haberlo aprendido- las lecciones del pasado. Por ende, ahora intentan aprender de sus errores.

Retomando el hilo de esta crónica, y con un Ollanta Humala a punto de ganar la elección presidencial de ese año 2006, los resultaron obligaron a una segunda vuelta. En esos meses, Alan García giró copernianamente su discurso y se transformó en un populista reformado. Por consiguiente, pasó a ser el dique de contención contra el humalismo, con el respaldo de una derecha asustada y políticamente huérfana.

Alan García llegaba por segunda vez al Palacio Pizarro, amparado en la psicosis que provocaba el “cuco” encarnado por Ollanta Humala.

El entusiasmo de García con este triunfo lo llevó al paroxismo impensante, dejándose atrapar por los tentáculos subyugantes de la corrupción.

Rebobinado la historia: si el año 1990 –luego de una gestión caótica- alguien hubiese pronosticado que Alan García volvería al sillón presidencial,” de seguro lo hubiesen enviado a “Víctor Larco Herrera”, el más famoso y prestigiado manicomio de Lima.

De esto se desprende que no existen los cadáveres políticos. En política todo está sujeto a la circunstancia. Y como muy bien lo dijo el flemático Harold Wilson, “en política, una semana es mucho tiempo”.