Published On: Lun, dic 26th, 2016

Hernán Millas

Por Jorge Abasolo

La noticia no mereció más que un pequeño recuadro en los diarios santiaguinos.

El martes 20 de diciembre de 2016 dejó de existir Hernán Millas Correa, acaso el último de los portentos del periodismo nacional. De la misma savia de Hernández Parker, Lenka Franulic, Mario Planet, Rafael Kittsteiner y tantos otros.

 

Conversar con Hernán Millas era asistir a una clase magistral, donde mezclaba anécdotas con perfiles de personajes históricos que conoció muy de cerca

 

Millas fue demasiado grande para merecer una nota en los diarios o un homenaje en la raquítica TV chilena, donde hace rato el éxito se ha confundido con el mérito.

No importa. Millas fue mucho más que nuestra anémica prensa nacional, allí donde el cotilleo ha reemplazado las ideas y donde una teta puede vender más que un pensamiento reflexivo.

Puedo decir que fui su amigo. Ir a su casa era un deleite para escuchar la palabra de un maestro. Todo lo que decía tenía sentido y hablaba con impronta pedagógica. Cuando me llamaba porque quería conversar conmigo, yo posponía cualquier compromiso para estar allí y aprender de una auténtica enciclopedia bípeda.

Esta Biblia del periodismo nacional era un tipo más entretenido que un día de pago y, a despecho de sus años, no daba tregua a esa imaginación desbordante que Dios le dio y plasmó en sus miles de escritos.

Millas fue el clásico periodista de antología, de esos que odiaba la calma, la serenidad y el silencio. Necesitaba la asfixiante atmósfera de la sala de crónica y esa catarata de llamados telefónicos para recabar el dato preciso y la primicia anónima. Fue de los que supo adaptarse al periodismo moderno, impersonal y más distante de la bohemia enjundiosa.

Fue del tipo de periodistas que se echa de menos en la actualidad. Don Hernán hizo gala de una vasta y múltiple formación, que le permitió adobar y preguntar como psicólogo, filósofo, politólogo y economista. Sí, porque Millas no fue solamente el cronista ameno, sino que también entrevistó a seres tan diversos como Paco Rabanne, Marlene Dietrich y Charles Chaplin.

Ante una algarada de periodistas discretos, Millas cumplió a cabalidad con los tres ingredientes que debe cumplir toda figura excelsa del periodismo: una curiosidad sin límites, un léxico ampuloso y la agudeza para observar hechos que para otros pasaban inadvertidos.

Permítanme una digresión. Jamás olvidaré el día en que me llamó para decirme que estando en el otoño de su vida, había optado por regalarme su biblioteca. Quedé demudado… y en silencio absorbí gradualmente esa noticia que me dejó en estado de encandilamiento. Don Hernán Millas me regalaba su biblioteca.

¡Qué privilegio!

De Millas finalmente diré que hizo carne ese apotegma del periodismo norteamericano, en el sentido que la vida de un periodista tiene el deber de ser entretenida. En medio de una algarada de periodistas tan livianos como el hidrógeno, “Agapito” Millas seguirá brillando con luz propia.

Sus tertulias a las que me invitaba con frecuencia, fueron acompañadas de su compañera de muchos años, Trinidad, que siempre me atendía de maravillas y con el consabido whisky, con el que humedecíamos la palabra y nos conversábamos la vida.

¿Qué puedo agregar yo de esta luminaria del periodismo nacional?

Fue una suerte de símbolo del periodista moderno –porque fue periodista de todas las épocas-, que estampó para siempre sus escritos, que hoy servirán de ejemplo para las nuevas generaciones. Se reía de los siúticos de la lengua que hacen pirotecnia sobre una palabra o buscan con lupa un adjetivo en el diccionario. Él no lo necesitaba. Por algo, no solo fue Premio Nacional de Periodismo, sino también  recibió el Premio de la Academia Chilena de la Lengua, por el buen uso del idioma.

Cuando pienso en Hernán Millas, me asalta a la mente un poema hecho para los grandes de las letras:

“Si llega tarde a casa,

Si no mira a su bebé,

Si tiene los dedos manchados con nicotina…

Si prefiere una noticia al beso de la esposa…

Si en vez de caminar trota por la calle…

Si come a deshoras…

Si adora, por encima de todo en el mundo, su diario…

Si vive entre nubes y tabaco…

Si tienes tres computadores y una esposa…

Y si muere modestamente, con un dato sensacional entre los labios…

No caben dudas…

Era un periodista”

¡Hasta siempre, don Hernán!